7.6.10

Los locos

Todo es tan confuso entre los delantales blancos que apenas los puedo distinguir de la luz, y a esta de la oscuridad. No son doctores ni estoy en un hospital, aunque los locos abundan. Los hay con rulos, altos, teñidos, sucios, resfriados, tatuados, deformes, algunos usan casco, quizás para protegerse del frío o de la ignorancia. Lo cierto es que todos se esconden en su apariencia. Algunos locos rien, bailan y hasta cantan, otros fingen sorpresa y hablan trivialidades con gran interés, lloran compungidos o incluso caminan de la mano. Lo cierto es que todos cumplen la irremediable condena de convivir con ellos mismos.
Todos estos locos pasajeros me confunden, me marean, anulan mis sentidos. Nublan mi vista, me desnudan de toda posibilidad de distinguir cualquier forma, mi forma. Solo puedo ver el blanco de sus delantales, en todos lados, abrumadoramente blancos. Hacen tanto ruido que me aturden con su silencio, los puedo escuchar gritando y odiando, los escucho pedir piedad y llorar. Y así estoy, así vivo sin vivir, atrapado por los locos, encarcelado perpetuamente en su torre sin columnas ni paredes, en su ventana infinita de locura.

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