24.4.12

Ejercicio literario V (o algunas conceptualizaciones sobre el seminario XXIII)

En el origen las almas están dentro de ciertas cajas infranqueables. Cabeza abajo, los enanos saltan y bailan del otro lado del espejo. Ajenos a la pasión, suponiendo el caos y forzando todas las traducciones, ellos simplemente están.
En otras palabras; lo simbólico, qué es? No hay, ya no, objetos impacientes que persistan complejizándonos entre polillas y pasado. Acá no tenemos mucho, solo la mañana previa a la cama desecha, al discurso mítico de algún Perón cocoliche reeditado por Lacanes charlatanes. Palabras, siempre palabras sujetas a los calendarios más mayas, a los buhos primordiales gobernando su panal con recelo.
Podemos ir rápido, pero seguiremos sentados indefinidamente, sin otro asiento que la tierra definitiva, sin más reina que el alfil. Las formas no se ven: por fuera del acceso simbólico-real, lo imaginario sigue perdido dos clases después.
En definitiva, somos la constitución de apenas un puñado de ideas desparramadas en una continuidad diacrónica más o menos caprichosa. Tenemos la idea de la superficie, de la esfera y la piel, pero no tenemos acceso a la imagen material, inaccesible para el hablante.
El primer efecto del lenguaje, entonces, es el bostero vulgar, amontonador nato de parlantes y mandarinas sin micrófono. Para que no nos confundamos, vemos objetos ahí donde no hay imágenes, más allá del espejo no vemos. Está muy claro cuantos metros hay entre la Tierra (hombre) y el Sol (dios), pero no sabríamos diagnosticar sobre la posición predilecta de los rolingas al dormir.
Así pues, el fin de este rito grotesco y desmedido, no es más que el comienzo del anclaje palabrista/paladín del lenguaje.

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