Manos lejanas pelan el atardecer y una mandarina en la esquina de Suarez y Necochea. Como desenredando un ovillo de luz, van pariendo de a poco ese olor a sol y tierra que se siente de lejos.
Mucho menos inmemorial y más anónimo, un tipo estoico espera, a cuatro cuadras del puerto, el 64 o el 152 que lo deje en Retiro para agarrar el tren. Son las cinco de la madrugada y los turistas buscadores de postales aún no llegan.
Allá, por Pinzón y la noche, vuelven unos bosteros con el corazón empañado de Riachuelo. Hoy, ni el futbol ni el vino curaron un carajo. Hace tres fechas que no ganan de local y encima no hay un mango hace mucho más. Con qué se come un gol?
Hay sin embargo, yo la ví, una piba que actúa los domingos, que es un poco más que su campera roja y sus ojos de caleidoscopio. Tiene, en la puerta de su casa, un palo borracho que siempre está en flor y es la única persona que puede alegrarse cuando escucha un tango. Quizás sea porque no entiende o, sospecho que, a lo mejor es porque se dio cuenta que la vida es mucho más parecida a una mandarina que a la vida misma.